sábado, 18 de mayo de 2013

El perro y la rabia


Murió Videla.
El dictador Videla.
Murió, acaso, un símbolo del pasado más atroz de este país.
El dictador Videla murió, en efecto, y en una cárcel.
Enjuiciado.
Sentenciado.
Murió, en definitiva, donde debía estar.
Y con él, quizá, se fue una parte de ese pasado ominoso.
Y ya está.
Muerto el perro se acabó la rabia.
¿Se acabó la rabia?
Porque el perro murió y la rabia sigue.
Porque Videla hizo su trabajo sucio.
Y luego ya no importó.
Es fácil patear a un perro muerto.
Porque Videla y sus secuaces trabajaron para un poder que continúa más que vigente.
Videla y sus militares ganaron la “guerra sucia”.
Pero más tarde no fueron “reconocidos”.
Porque Videla creía -de veras, sinceramente-, ser un héroe.
Eso es lo terrible.
Videla se creía un soldado espartano que cumplió con su deber.
Un salvador que nos librara de la subversión marxista, ese fantasma que crearon las clases dominantes como coartada para preservar sus intereses económicos.
Y entonces Videla y sus secuaces (como el también fallecido Martínez de Hoz) implantaron un país que todavía padecemos.
Crearon un monstruo que todavía pagamos.
Ese pasado no murió con Videla.
Sigue impune en algunos rostros poderosos de hoy.


miércoles, 24 de abril de 2013

Barcelona: ¡gracias por el fútbol!


Pase lo que pase de aquí en más –lo afirmo sin dudar-, gracias, Fútbol Club Barcelona!
Así sea el final de un ciclo, como se atrevió a catalogar el diario As.
Así pueda el equipo recuperarse o se acabe su sueño –reitero-, gracias, Barcelona.
Por brindarnos un fútbol que creíamos extinto.
Un fútbol generoso, de juego asociado, que piensa más en el arco rival que en el propio.
Un fútbol de respeto por la pelota.
Gracias, entonces, Barcelona.
Por devolvernos las ganas de ver un partido.
Por combinar eficacia, táctica y elegancia.
Gracias por la genialidad de Messi.
El talento de Iniesta.
La sabiduría de Xavi.
Por no traicionarse ni en los peores momentos.
En efecto: todo tiene su fin, y también un equipo puede entrar en rendimiento decreciente.
Nada puede durar para siempre en este Universo.
Y mucho menos lo bueno.
Si esto es así –reitero esta hipótesis osada-, gracias de todos modos por lo vivido y lo que acaso aún queda por vivir.
En nombre de la sangre catalana que me heredaron mis ancestros.
Gracias, Barcelona, por relumbrar como una perla en el barro del fútbol mezquino, utilitarista, especulador.
Un fútbol mediocre como el mundo mismo.


domingo, 7 de abril de 2013

Hasta la próxima tragedia (versión 3)


La secuencia es simple.
Primero incubamos la tragedia.
(Y digo incubamos, porque en este país, las tragedias no nacen de un repollo)
En efecto: primero incubamos la tragedia.
Prolijamente.
Y entonces consentimos o votamos la destrucción del estado.
De la educación.
De la salud.
(Y luego pretendemos, claro, que los trenes funcionen como en Suiza.
O que las escuelas sean como en Finlandia).
Incubamos la tragedia –repito-, con nuestros actos cotidianos.
De desprecio por las reglas.
De viveza criolla.
Incubamos la tragedia al elegir –nuevamente-, a quienes nos gobiernan.
Que se parecen a nosotros, al fin y al cabo.
Y son siempre los mismos.
Cada pueblo tiene los gobernantes que se le parecen.
Y entonces elegimos ir siempre por los mismos caminos.
Y oh casualidad llegamos siempre a los mismos sitios.
Y tropezamos siempre con las mismas piedras.
Y después de tanto incubar la tragedia, la tragedia -al fin-, se produce.
Y entonces sobrevienen el dolor, el estupor, la indignación.
Y luego, la solidaridad.
Porque, eso sí, somos un país muy solidario, ¿sabe?
Y entregamos todo, como expiando nuestras culpas.
(Esas culpas que nadie tiene, o que son siempre de los demás)
Pero luego del dolor, el estupor y la indignación, volvemos a la normalidad.
Volvemos a nuestra estúpida comodidad.
A nuestra desidia.
A nuestro subdesarrollo, ese que beneficia a unos pocos.
Volvemos a incubar nuestra próxima tragedia. 


domingo, 17 de marzo de 2013

Exclusivo: las futuras medidas revolucionarias del papa Francisco


Y se viene nomás la Revolución Franciscana en la Iglesia. El nuevo Papa Bergoglio ya anticipó medidas que darán un giro copernicano a la visión del catolicismo en el mundo.
Este medio ha tenido acceso a los documentos que Francisco emitirá en breve. Y sólo nosotros podemos dar la primicia. En exclusiva, he aquí algunos de los puntos fundamentales de la Nueva Doctrina de nuestro Santo Padre argentino.

-Se vende el Vaticano
Lo dijo Francisco: la Iglesia hará opción por los excluidos, como lo hiciera nuestro bienamado San Francisco de Asís. El nuevo Papa anunciará la venta o concesión del predio del Vaticano para recaudar un colosal dinero (imagínense lo que vale la Capilla Sixtina) que será donado a los pobres y a las naciones subdesarrolladas. Francisco, fiel a sus costumbres de humildad, pasará a vivir en una modesta pensión del bajo romano.

-El fin del celibato y la apertura sexual.
Para evitar los alarmantes casos de pedofilia que afectan a la curia, Francisco anunciará que los sacerdotes católicos podrán casarse y tener hijos, como ocurre en otros credos cristianos. Pero el nuevo Papa irá por más: en breve, anunciará el matrimonio igualitario entre curas y obispos.

-El protagonismo de la mujer y las minorías
Francisco, el papa de los oprimidos, también bregará por el rol de la mujer en la Iglesia. Se permitirá que las monjas accedan a cargos de mayor jerarquía eclesiástica, y pronto habrá obispas y monseñoras.
La Santa Sede también se abrirá a las minorías de todo tipo. De modo que en un futuro, quién lo sabe, podrá se electa una papisa negra, judía y lesbiana. Es el deseo de Francisco.

-Se revisará la cosmovisión de la Iglesia
Francisco anunciará que la Iglesia abandonará las absurdas teorías creacionistas y abrazará las ideas evolutivas de Darwin, quien será entronizado como santo, San Charles Darwin.
El nuevo Papa seguirá la línea de Juan Pablo II, quien había afirmado alguna vez que el comunismo tenía “semillas de verdad”. Por consiguiente, la Iglesia adoptará al marxismo como nueva doctrina y El Capital será incluido en el Index de los Libros Canónicos.

En fin, estos son algunos de los postulados “revolucionarios” que sostendrá Francisco, nuestro amado y renovador Papa argentino.
Que Dios se lo pague.
Amén.

jueves, 14 de marzo de 2013

No creo en los Saulos de Tarso


Saulo de Tarso era un rabino judío que perseguía con particular celo a los primeros cristianos, por entonces apenas una pequeña secta judeo-mesiánica.
Se cree que no conoció en persona a Jesús y que llegó hasta el extremo de ejercer violencia física contra los seguidores del Nazareno.
Pero un día, durante una peregrinación a Siria, Saulo tuvo una visión reveladora. Algunos creen que fue por un golpe en la cabeza; otros, por un ataque de epilepsia. Sea como fuere, a Saulo el perseguidor se le apareció el mismísimo Jesús, quien con voz admonitoria le intimó:
-¿Por qué me persigues, Saulo?
Acto seguido, Saulo se convirtió en San Pablo, el Apostol, principal difusor de la forma de cristianismo que nos rige hasta la actualidad.
Permítaseme ser escéptico: no creo en los Saulos de Tarso.
La designación de Jorge Mario Bergoglio como Papa nada cambiara en las vetustas estructuras de la Iglesia, salvo algún previsible maquillaje “progresista”.
Porque por estos pagos sabemos bien quién es Bergoglio. Es el mismo que fue recomendado en su cargo por su antecesor Quarracino (¿se acuerdan del insigne Quarracino?). Es el mismo que se opuso al matrimonio igualitario y a otras formas de progreso en la sociedad civil. Cosas del demonio, dijo entonces. Es el mismo que, en cada homilía, emitía una caterva de lugares comunes y frases altisonantes, que me recordaban más al mártir Peperino Pómoro que a un reformista crítico.
Porque nada cambiará en la sacrosanta Iglesia y se seguirán tapando sus chanchullos económicos y sus escandaletes de pedofilia.
Porque Bergoglio está mas cerca de Saulo que de San Pablo.


lunes, 4 de marzo de 2013

Cerebros


El 85 por ciento del cerebro de una persona se desarrolla en los primeros 5 años de vida, me dice un comercial de una leche infantil. Y una beba divina (Sol, de 2 años) nos demuestra las virtudes de recibir estímulos cognitivos a tan temprana edad.
-¡Amarilloooo…! –dice Sol, que ya reconoce los colores con total facilidad.
Reitero: el 85 por ciento del cerebro de una persona se desarrolla en los primeros 5 años de vida.
El 85 por ciento.
Y entonces, por default, uno se pregunta qué pasa con los chicos que no tienen la suerte de Sol. Qué pasa con el cerebro de los chicos que no reciben el alimento ni el estímulo cognitivo adecuado durante esos primeros y vitales 5 años de vida.
La respuesta no es muy difícil de deducir: pues no desarrollarán todas sus capacidades mentales ni psíquicas.
Sus cerebros no funcionarán al ciento por ciento.
Serán chicos por debajo de la inteligencia media.
Serán niños subalimentados, adultos subnormales, países subdesarrollados.
Entonces, en una cadena causal de acontecimientos, esos chicos subalimentados tendrán problemas en la escuela, serán repetidores, burros, abandonarán la primaria, o con suerte, la secundaria. Según cifras oficiales, el 40 por ciento de los alumnos no termina la educación media.
Fuera del sistema educativo, caerán pronto en el mercado informal de trabajo, que los explotará sin piedad. Y cuando alcancen la adolescencia, sufrirán la tentación de desviarse de todos los caminos éticos y morales. Unos se hundirán en la droga y en la mala vida. (En la Argentina, casi un millón de chicos de entre 16 y 24 años no estudia ni trabaja, según datos oficiales)
Y otros -acaso un porcentaje bajo de ellos, pero significativo-, se inclinará al delito, un delito con rabia, con bronca. Y entonces saldrán a robar. Y saldrán de caño a matar. Y morirán bajo bala, o con mucha suerte terminarán presos.
Terminarán en el sistema penal, que sólo encarcela a los pobres y reproduce la pobreza y el delito. “La Ley fue hecha para ser aplicada contra aquellos a quienes su miseria les impide el respetarla”, dijera Bertolt Brecht.
Y entonces se hablará de la “inseguridad”, del aumento del delito urbano. Se plantearán “soluciones” al problema, se pondrán rejas, guardias, armas, perros. Indignados ciudadanos que votaron la destrucción del Estado hablarán de aumentar las penas, de bajar la edad de imputación a los menores.
Se pondrá el carro delante de los caballos.
Pero nadie dirá que la inseguridad no nace de la ausencia de las leyes o de su presunta debilidad. Esto es como creer que el dolor de cabeza es producto de la falta de aspirinas.
La inseguridad no nace en las leyes, amigos: nace en la alimentación de los niños. 


jueves, 13 de diciembre de 2012

Diciembre II


Ignoro si se debe a los efectos del calor y la proximidad del verano.
O si es producto de la inminencia de las Fiestas y las vacaciones, con toda la tensión que eso conlleva.
Sea como fuere, diciembre es un mes insoportable en Buenos Aires.
Pareciera que todas nuestras estupideces, miserias y malos modales florecen y se potencian de un modo incomprensible.
En diciembre, vale todo.
Todo es apuro, prisa, falta de respeto, molestia.
Más que en el resto del maldito año.
Cualquiera hace cualquier cosa y cualquier chispa desata la pelea.
Cualquiera se cree con derecho a hacer lo que le viene en gana.
Y entonces, yo odio a Buenos Aires en diciembre.
Y odio las Fiestas y su estúpida falsedad.
Y odio a Papá Noel y su renos de mierda.
Y odio la estulticia del consumo navideño.
Y las ofertas en los shoppings hasta las cuatro de la mañana.
Y los embotellamientos.
Y con toda mi alma, odio los cuetes.
Ah, cómo odio los cuetes.
Y los pendejos que tiran cuetes a cualquier hora.
Y los grandotes pelotudos que tiran cuetes a cualquier hora y parecen pendejos pelotudos.
Odio el daño que los cuetes les producen a perros y gatos.
Cualquiera que ha vivido con mascotas lo puede confirmar.
Es un país sádico. Masoquista. Sadomasoquista.
Parece que en diciembre se puede joder, torturar, molestar a los demás.
Todo está permitido.
Y nadie dice nada.
Cómo odio las Fiestas, por Dios.
Y los saludos hipócritas de quienes nos odian todo el año.
Odio el olor a basura, mierda y pólvora del día después de Navidad o Año Nuevo.
Odio el arbolito nevado que armamos como si estuviéramos en el Polo Norte.
Qué boludos.
Odio a esta ciudad en diciembre.
Odio a este país en diciembre.
Y por sobre todas las cosas, odio el vitel toné.