martes, 27 de agosto de 2013

La medicina, esa enfermedad que mata *



                                                            Está en la naturaleza de la medicina que si hacés algo mal, vas a matar a alguien. Si no pueden asumir esa realidad, elijan otra profesión.
                                                                                                                                                                                                                                                                                          Dr. Gregory House
                                                                                         
                                                        Primum non nocere (Lo primero es no dañar)
                                                                                                                                                                                                                                                         Precepto atribuido a Hipócrates



Pocas cosas matan en el mundo más que los mismos médicos.
La medicina occidental se ha transformado en una maquinaria compleja capaz de salvar tantas vidas como de segarlas.
Parece una contradicción, pero no lo es.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que “decenas de millones” de personas sufren lesiones graves o mueren al año en todo el mundo por los errores de diagnóstico, las malas prácticas quirúrgicas y las consecuencias nocivas de los tratamientos medicamentosos.
Decenas de millones, dice la OMS. Evidencias no le faltan.
El informe Death by medicine (Muerte por la medicina) advertía -hace casi ya diez años-, que los errores médicos eran la principal causa de muerte en los EE.UU., con más de 780 mil decesos anuales. De acuerdo a este polémico artículo, el sistema de salud estadounidense causa más daño que beneficio.
Más datos respaldan su hipótesis.
Según un estudio de la Asociación de Oncología Médica de Italia, mueren en ese país europeo 90 personas al día por fallas en el sistema sanitario, unas 32 mil al año. La sumatoria mortal supera a las provocadas por el cáncer, las dolencias cardiovasculares o los accidentes de tránsito.
Peor el remedio que la enfermedad: hace rato ya que la medicina occidental se ha transformado en parte del problema de la salud mundial antes que en su solución.

La miopía de los médicos

La medicina occidental padece de una miopía peligrosa: ve al paciente como un mero conjunto de síntomas que se expresan en algún órgano o sistema, e ignora la totalidad del cuerpo del enfermo. Ignora que el todo no puede reducirse a sus partes. De ese modo, si uno tiene un problema en el hígado, es atendido por un hepatólogo; si uno tiene un problema en el corazón, lo derivan al cardiólogo, etc., etc., etc. Todos los especialistas ven su “parte” del problema, pero ninguno ve al paciente como a un todo somático, psicológico y social. Al experto en un pedazo del cuerpo rara vez le importa el entorno del paciente, sus opiniones y sus hábitos, por lo que apenas conoce algo de él.
Porque nadie mejor que uno conoce su propio cuerpo.
Sin embargo, el enfermo no puede abrir la boca cuando va al consultorio porque el doctor es el que sabe. La relación médico-paciente se sustenta en una subordinación tácita del segundo al primero. No hay cosa más desagradable para los médicos que aparezca un enfermo que se atreve a dudar, a disentir y –peor aún-, a cuestionar su saber.
-¿Quién es el médico, usted o yo? –suelen preguntar los médicos en esa incómoda circunstancia.
Para la medicina occidental, los pacientes no tienen opinión alguna en el proceso de diagnóstico: son idiotas (House consiente este término), meros conjuntos de síntomas con patas que deben hacer lo que se les dice.
Y punto.
La conclusión de todo esto es simple y horrible: los médicos no saben nada de sus pacientes, excepto por la “partecita” que les corresponde. En ese contexto, ¿cómo no se van a producir errores de diagnóstico? 

La línea de montaje sanitaria

Ante un mismo conjunto de síntomas, los médicos suelen recetar a menudo el mismo tratamiento universal, como si todos los pacientes fuesen iguales. Del mismo modo, tres médicos distintos pueden hacer tres diagnósticos diferentes sobre un mismo caso (¡Y los tres, estar mal!) Se ignora aquel viejo precepto según el cual hay tantas enfermedades como enfermos: el tratamiento que a un paciente puede salvarle la vida, a otro puede sencillamente matarlo.
Es que el diagnóstico no es una ciencia exacta: es casi un arte basado en datos y también en la intuición, esa parte de la inteligencia que no se ve. No cualquiera puede diagnosticar, como no cualquiera puede componer una sinfonía o escribir El Aleph. Dicho de otro modo: muchos médicos no están en condiciones de diagnosticar y sin embargo, lo hacen.
Lamentablemente.
Es verdad que, en buena medida, los malos diagnósticos tienen mucho que ver con la deficiente atención a los pacientes. En las obras sociales -y ni que hablar de los hospitales públicos o el PAMI, esas máquinas de eliminar gente-, el paciente pasa por una suerte de línea de montaje sanitaria donde es atendido con una superficialidad asombrosa. Excepto raras ocasiones, no hay tiempo para un análisis profundo. Conclusión: el médico de hoy ha perdido el “ojo clínico” que caracterizaba a los viejos galenos.

La industria de la enfermedad

Tampoco debe soslayarse que el médico es un eslabón más de una cadena muy amplia que empieza con los grandes laboratorios farmacéuticos (que no son más que grandes empresas capitalistas), y termina (literalmente en muchos casos) con los pacientes. ¿Ustedes leen los prospectos de los remedios que toman? Muchos medicamentos tienen tantas contraindicaciones y efectos adversos, que a veces es mejor quedarse con la enfermedad de base.
Sin embargo, la cantidad de sustancias que se sobre-recetan es enorme, como ocurre con los antibióticos. Desde luego, hay quienes ganan mucho dinero vendiendo toda esa basura química.
Es que la enfermedad se ha convertido en una industria. En los catálogos de Farmacity podemos encontrar un remedio para cada mal: si tenés esto, tomate esto otro o aquello. Cada dolencia tiene su cura, y su cura, claro, su precio.
En otros términos: la medicina occidental es parte de un negocio gigantesco que lucra con la enfermedad, y por consiguiente, con la salud de la gente.

Sanas conclusiones

“No quiero ir al médico porque no quiero enfermarme”, dice una frase de la inventiva popular. A veces, lo mejor es no visitar ningún consultorio. Se los aseguro. Y mucho menos un hospital. El peor lugar para llevar a un enfermo es a uno de estos sitios horribles, donde uno de cada diez internados sufrirá una infección intrahospitalaria (que en uno de cada 300 casos será mortal, según cifras de la OMS).
De nuevo: peor el remedio que la enfermedad.

El sistema de la medicina occidental esta enfermo: Dios quiera que no lo atiendan los médicos. 




*a mi madre, víctima no contabilizada de la medicina y los malos médicos

1 comentario:

aristideseljusto dijo...

Veo que voy por buen camino: todos están en mi contra.