domingo, 7 de abril de 2013

Hasta la próxima tragedia (versión 3)


La secuencia es simple.
Primero incubamos la tragedia.
(Y digo incubamos, porque en este país, las tragedias no nacen de un repollo)
En efecto: primero incubamos la tragedia.
Prolijamente.
Y entonces consentimos o votamos la destrucción del estado.
De la educación.
De la salud.
(Y luego pretendemos, claro, que los trenes funcionen como en Suiza.
O que las escuelas sean como en Finlandia).
Incubamos la tragedia –repito-, con nuestros actos cotidianos.
De desprecio por las reglas.
De viveza criolla.
Incubamos la tragedia al elegir –nuevamente-, a quienes nos gobiernan.
Que se parecen a nosotros, al fin y al cabo.
Y son siempre los mismos.
Cada pueblo tiene los gobernantes que se le parecen.
Y entonces elegimos ir siempre por los mismos caminos.
Y oh casualidad llegamos siempre a los mismos sitios.
Y tropezamos siempre con las mismas piedras.
Y después de tanto incubar la tragedia, la tragedia -al fin-, se produce.
Y entonces sobrevienen el dolor, el estupor, la indignación.
Y luego, la solidaridad.
Porque, eso sí, somos un país muy solidario, ¿sabe?
Y entregamos todo, como expiando nuestras culpas.
(Esas culpas que nadie tiene, o que son siempre de los demás)
Pero luego del dolor, el estupor y la indignación, volvemos a la normalidad.
Volvemos a nuestra estúpida comodidad.
A nuestra desidia.
A nuestro subdesarrollo, ese que beneficia a unos pocos.
Volvemos a incubar nuestra próxima tragedia. 


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