lunes, 4 de marzo de 2013

Cerebros


El 85 por ciento del cerebro de una persona se desarrolla en los primeros 5 años de vida, me dice un comercial de una leche infantil. Y una beba divina (Sol, de 2 años) nos demuestra las virtudes de recibir estímulos cognitivos a tan temprana edad.
-¡Amarilloooo…! –dice Sol, que ya reconoce los colores con total facilidad.
Reitero: el 85 por ciento del cerebro de una persona se desarrolla en los primeros 5 años de vida.
El 85 por ciento.
Y entonces, por default, uno se pregunta qué pasa con los chicos que no tienen la suerte de Sol. Qué pasa con el cerebro de los chicos que no reciben el alimento ni el estímulo cognitivo adecuado durante esos primeros y vitales 5 años de vida.
La respuesta no es muy difícil de deducir: pues no desarrollarán todas sus capacidades mentales ni psíquicas.
Sus cerebros no funcionarán al ciento por ciento.
Serán chicos por debajo de la inteligencia media.
Serán niños subalimentados, adultos subnormales, países subdesarrollados.
Entonces, en una cadena causal de acontecimientos, esos chicos subalimentados tendrán problemas en la escuela, serán repetidores, burros, abandonarán la primaria, o con suerte, la secundaria. Según cifras oficiales, el 40 por ciento de los alumnos no termina la educación media.
Fuera del sistema educativo, caerán pronto en el mercado informal de trabajo, que los explotará sin piedad. Y cuando alcancen la adolescencia, sufrirán la tentación de desviarse de todos los caminos éticos y morales. Unos se hundirán en la droga y en la mala vida. (En la Argentina, casi un millón de chicos de entre 16 y 24 años no estudia ni trabaja, según datos oficiales)
Y otros -acaso un porcentaje bajo de ellos, pero significativo-, se inclinará al delito, un delito con rabia, con bronca. Y entonces saldrán a robar. Y saldrán de caño a matar. Y morirán bajo bala, o con mucha suerte terminarán presos.
Terminarán en el sistema penal, que sólo encarcela a los pobres y reproduce la pobreza y el delito. “La Ley fue hecha para ser aplicada contra aquellos a quienes su miseria les impide el respetarla”, dijera Bertolt Brecht.
Y entonces se hablará de la “inseguridad”, del aumento del delito urbano. Se plantearán “soluciones” al problema, se pondrán rejas, guardias, armas, perros. Indignados ciudadanos que votaron la destrucción del Estado hablarán de aumentar las penas, de bajar la edad de imputación a los menores.
Se pondrá el carro delante de los caballos.
Pero nadie dirá que la inseguridad no nace de la ausencia de las leyes o de su presunta debilidad. Esto es como creer que el dolor de cabeza es producto de la falta de aspirinas.
La inseguridad no nace en las leyes, amigos: nace en la alimentación de los niños. 


jueves, 13 de diciembre de 2012

Diciembre II


Ignoro si se debe a los efectos del calor y la proximidad del verano.
O si es producto de la inminencia de las Fiestas y las vacaciones, con toda la tensión que eso conlleva.
Sea como fuere, diciembre es un mes insoportable en Buenos Aires.
Pareciera que todas nuestras estupideces, miserias y malos modales florecen y se potencian de un modo incomprensible.
En diciembre, vale todo.
Todo es apuro, prisa, falta de respeto, molestia.
Más que en el resto del maldito año.
Cualquiera hace cualquier cosa y cualquier chispa desata la pelea.
Cualquiera se cree con derecho a hacer lo que le viene en gana.
Y entonces, yo odio a Buenos Aires en diciembre.
Y odio las Fiestas y su estúpida falsedad.
Y odio a Papá Noel y su renos de mierda.
Y odio la estulticia del consumo navideño.
Y las ofertas en los shoppings hasta las cuatro de la mañana.
Y los embotellamientos.
Y con toda mi alma, odio los cuetes.
Ah, cómo odio los cuetes.
Y los pendejos que tiran cuetes a cualquier hora.
Y los grandotes pelotudos que tiran cuetes a cualquier hora y parecen pendejos pelotudos.
Odio el daño que los cuetes les producen a perros y gatos.
Cualquiera que ha vivido con mascotas lo puede confirmar.
Es un país sádico. Masoquista. Sadomasoquista.
Parece que en diciembre se puede joder, torturar, molestar a los demás.
Todo está permitido.
Y nadie dice nada.
Cómo odio las Fiestas, por Dios.
Y los saludos hipócritas de quienes nos odian todo el año.
Odio el olor a basura, mierda y pólvora del día después de Navidad o Año Nuevo.
Odio el arbolito nevado que armamos como si estuviéramos en el Polo Norte.
Qué boludos.
Odio a esta ciudad en diciembre.
Odio a este país en diciembre.
Y por sobre todas las cosas, odio el vitel toné.


domingo, 4 de noviembre de 2012

Privilegios


La gente que tiene privilegios no desea perder sus privilegios.
Es lógico.
Es humano.
La gente que tiene privilegios se ha acostumbrado a tener privilegios.
Claro, son muchos años.
Demasiados años.
La gente que tiene privilegios cree que tiene derecho a tener privilegios.
Están convencidos de ello.
Así lo pregonan.
Así lo imponen.
La gente que tiene privilegios tiene privilegios porque muchos otros no tienen privilegios.
Es simple.
Es muy sencillo de entender.
La gente que tiene privilegios existe porque hay mucha gente que no tiene privilegios.
Unos son consecuencia de los otros.
A la gente que tiene privilegios le importa realmente muy poco la gente que no tiene privilegios.
La gente que tiene privilegios no quiere que nada cambie.
Yo sí.


martes, 9 de octubre de 2012

Porqué es tan grande este tipo


Los hechos se vuelven difusos, como todos los hechos que con el tiempo narran la constitución de un mito.
Lo que sabemos es que ocurrió en La Higuera, en Bolivia, un día como hoy, el 9 de octubre de 1967.
Ocurrió en el aula derruida de una escuelita.
El día anterior, Ernesto Guevara De la Serna, el Che, había sido capturado en combate, en el que resultó herido en una pierna.
Su foco revolucionario había fracasado.
Pesaba 30 kilos menos.
O cuarenta.
Y ese asma que no le daba respiro.
Sin apoyo y hasta entregado por aquellos a quienes venía a salvar (como le ocurriera a Jesús) todo había terminado para él.
Y allí en esa aula derruida, donde debía haber niños estudiando y no prisioneros, esperó el Che su segura muerte. Porque  siempre supo que lo iban a matar.
Que no lo iban a dejar vivo.
Que le iban a hacer el favor de transformarlo en leyenda.
Quiso el destino que el sargento Mario Terán, del Ejército boliviano, fuera el encargado de ejecutar la oscura orden. Una orden que nunca se supo desde dónde había venido, acaso desde Langley.
Mucho después de los hechos, Terán confesó en un reportaje que un vértigo de miedo le llenó el cuerpo cuando supo que tenía que rematar al Che.
Al famoso Che Guevara.
Porque quizá comprendió que no estaba matando simplemente a un hombre, lo cual es de por si atroz. 
No. 
No estaba matando simplemente a un guerrillero capturado vivo, sino a alguien más grande que excedía su limitado rango.
A algo superior.
Entonces Terán contó –porque lo contó después-, que bebió unos tragos para darse aliento, y que luego entró al aula derruida, de aquella escuelita, y le apuntó con su arma al Che.
El Che –que estaba tendido contra la pared-, se incorporó y lo miró, con esa mirada insostenible y temeraria que tenía.
Terán le dijo que se sentara pero el Che no obedeció.
Habrá dicho el Che, acaso, porque los hechos se vuelven difusos a partir de este punto:
-Se a lo que venís, chango.
Desviándole la mirada, Terán esgrimió su fusil y tuvo miedo.
El Che, vencido ya, herido en una pierna, asmático, le ordenó:
-¡Serenesé, soldado, que va a matar a un hombre!
Y Terán tuvo un vértigo atroz, pensó que el Che se le vendría encima y le quitaría su fusil. Lo vio gigante, como a un superhombre, cuando apenas era un despojo humano, un hombre vencido, con 30 kilos de menos, herido, asmático.
Y el Che lo miró, y acaso también tuvo miedo, frustración, derrota.
Tal vez pensara: “Dios, ¿por qué me abandonaste?”, como pensó Jesús.
Pero se mantuvo de pie.
Y entonces Terán le disparó sin mirar. Le tiró una ráfaga al cuerpo: le habían dicho que tirara del cuello para abajo, para simular una herida de combate.
Y Terán tiró, obedeciendo la oscura orden, y el Che cayó.
(Luego los soldados se repartirían sus pertenencias, como le ocurriera a Jesús)
Y Terán tiró con un miedo glacial que lo envolvió. Y Terán, que era el que tenía el arma, es el que tuvo el miedo. Porque acaso, inconscientemente, sabía que estaba matando a un hombre y estaba creando un mito.
Un héroe.
Un mártir.
Un Jesucristo laico.
Y Terán tiró.
Y Terán, que era quien tenía el arma, es el que tuvo miedo.
A eso llamo yo ser muy grande.


domingo, 30 de septiembre de 2012

El Padre Brown, Sam Peckinpah y mis vecinos de arriba


Alguna vez el Padre Brown –aquel inusual detective imaginado por Chesterton-, resolvía un misterio a partir de las pisadas que oyó a la noche en el techo de su habitación. En el piso superior se cometió un delito, y sólo el Padre Brown pudo resolverlo al prestar atención a los ruidos que perturbaron su descanso.
Pero yo no soy el Padre Brown –ni Chesterton-, y estoy decididamente harto de los ruidos de mis vecinos de arriba. Golpes, pisadas, corridas de muebles a deshoras, toda su molesta actividad atenta contra mi descanso y calma.
Efectivamente, el crimen se va a cometer en el piso superior a mi departamento, cuando hastiado agarre una Itaka y transforme a Chesterton en una película de Sam Peckinpah.

domingo, 22 de julio de 2012

Paja, pene y otros neologismos (o De cuando nos venimos viejos)


Uno se percata de que se vuelve viejo cuando no comprende lo que dicen los jóvenes.
Quiero decir: uno se da cuenta de que ya no está en onda con los adolescentes, por la sencilla razón de que ha dejado de ser uno de ellos desde hace rato.
No entender lo que hablan los chicos es el primer síntoma de nuestra prematura madurez: ya no podemos seguir sus conversaciones sin caer en insólitas lagunas de comprensión.
¿De qué hablan estos pendejos del orto?
Hace poco me ocurrió un hecho de estas características.
Véase.
Estaba en una fiesta familiar, cuando escuché la conversación de unas sobrinitas mías. Hacía mucho que no las veía (eran niñas entonces) pero ahora ya estaban bastante creciditas las nenas...
Una le decía a la otra.
-Ay, pero, nada, me da paja hablar con ese pibe, es un pene
¿Cómo?, me dije indignado.
“Paja”, “pene”, ¿qué clase de cosas groseras dicen estas chicas? ¡Qué barbaridad! ¿Eso aprenden en la escuela?
Me acerqué y les recriminé el lenguaje:
-¿A vos te parece decir esas cosas, nena? –increpé-. Te voy a dar un schiaffo en la boca, eh, así.
Y le hice el ademán de darle un golpe de revés en los labios, como hacían nuestras abuelas...
Las chicas me miraron atónitas.
-Pero, ¿de qué hablás, tio? ¿Estás bien?, estás re pene hoy…
Ahí fue donde caí que “paja”, “pene” y palabras afines significan otras cosas para los chicos de ahora…
Intentando solucionar mi torpeza, me excusé:
-Ah, no, entendí mal, todo bien, re pene, si, todo paja, re paja, viste…
-¿Estás medicado, tio? –me preguntaron las chicas, irónicas.
-¡Todo paja! –agregué absurdo. Y me alejé huyendo…
Mi prima, mamá de las niñas, me aclaró que esas palabras son usadas de otro modo por los adolescentes actuales. Decir que algo les da “paja” es que les da fiaca, o similar. Nada tiene que ver con el onanismo. Y que un chico sea “pene”, será porque es medio tonto, o algo así, no necesariamente es una alusión al órgano sexual masculino.
Imagínense.
Paja.
Pene.
Para mi, dos “malas palabras”.
Cuando yo era chico e iba a la escuela primaria (gobernaban todavía los milicos, nótese) decir esas palabras equivalía a ser considerado un maleducado y un grosero imperdonable.
Imagínense si yo entraba al colegio, a las siete de la matina, y saludaba al viejo portero del siguiente modo:
-¿Cómo anda, Don Cosme?
-¿Cómo te va, nene? –respondía el viejo portero.
-¿Tiene paja hoy, o está medio pene?
¡¡¡Me echaban de la escuela!!!
Sucede que las palabras mutan con el tiempo, y lo que otrora querían decir ya no tiene vigencia o ha mutado en su significado.
Por caso, la palabra “chabón”.
Antaño, chabón (o “chambón” o “boncha”) equivalía a ser un tonto o un idiota. Por eso el tango dice “pagando como un chabón”.
Pero con el tiempo, chabón pasó a significar “muchacho” o “pibe”.
“Qué hacés, chabón”, se dice sin que nadie se sienta ofendido por el término.
Otro tanto sucede con la palabra “boludo”. Boludo es un claro insulto. Llamarle a alguien boludo aún significa una agresión verbal.
Sin embargo, se ha generalizado tanto su uso, que el “boludo” acompaña casi cualquier frase dicha por los adolescentes.
“¿Qué hacés, boludo?”
“Bien, boludo. ¿Y vos, boludo?”, es la típica conversación entre dos jóvenes que no están agrediéndose en lo más mínimo, sino mas bien saludándose afectuosamente.
(Las chicas, por su parte, dicen “boluda” cada tres términos).
Es que las palabras cambian con el tiempo su significado, mas no su significante (¿O era al revés..?).
Por eso, cuando no comprendemos a los jóvenes, en ese instante, es cuando caemos en la cuenta de que nos estamos poniendo viejos. Y el hecho se comprueba fehacientemente cuando agregamos:
“¡Qué juventud perdida!”
Y ahí si, ahí si que estamos en el horno.

lunes, 16 de julio de 2012

Larga vida a Lord


Se ha dicho que la música de Deep Purple era un eterno enfrentamiento entre la guitarra de Ritchie Blackmore y el teclado de Jon Lord.
En cada canción solía haber un contrapunto admirable entre ambos instrumentos.
Como un duelo de titanes en el cosmos.
Y el simple hecho de que Lord pudiera hacerle frente a Blackmore en su terreno (al fin y al cabo, la guitarra es "el" instrumento del rock) hablaba de su enorme talento.
Cultor de Bach, Lord llevó esa gigantesca influencia al hard rock y al rock sinfónico.
Acaso sea el mejor tecladista de la historia de esta música.
Ahora la escueta noticia dice que Lord ha muerto a los 71 años.
Larga vida a Lord.


*portada del álbum Machine Head (1972). Imagen tomada de Wikipedia.