miércoles, 18 de junio de 2014

Conmigo no cuenten

Primero. La deuda externa argentina –como la de buena parte de Latinoamérica y el Tercer Mundo-, es esencialmente ilegítima y ya fue “pagada” varias veces con intereses usureros y “refinanciaciones” diversas. Y digo que es ilegítima porque fue contraída en gran medida por gobiernos de facto, con la “anuencia” de los organismos financieros internacionales (FMI y BM) y el beneficio de bancos y empresas privadas locales y extranjeras. En otros términos: es una estafa lisa y llana contra el Estado argentino, es decir, contra todos nosotros.
Segundo. El juez Griesa no tiene soberanía sobre las decisiones en materia económica de un país como Argentina: controla apenas un tribunal menor de un país extranjero. La cesión de la soberanía económica de nuestro país en la renegociación de la deuda fue lograda bajo la presión del default y el ahogo de los sucesivos gobiernos de turno. Es legal pero no legítima, como todo contrato leonino. Es un absurdo jurídico que no consiento: el juez Griesa no puede decidir sobre lo que yo debo o no debo. Es como poner a un zorro para que dirima el litigio entre el lobo y las gallinas.
Tercero. Los llamados “fondos buitre” no son más que lacras del sistema financiero internacional, basuras que lucran con la deuda de los países pobres, es decir, con el hambre de millones de personas. Conmigo no cuenten: no quiero pagarles ni un centavo a estos hijos de mil puta.
Buenas noches!


lunes, 16 de junio de 2014

Estafas








Las deudas se pagan; las estafas, no.

jueves, 6 de febrero de 2014

Porqué los precios suben

Uno de los mitos que la economía neoliberal ha implantado en el imaginario colectivo consiste en suponer que los precios suben por obra de algún mecanismo autónomo.
Según esta visión, los precios tienen vida propia, son inexplicables e impredecibles, como un rayo u otro fenómeno atmosférico caprichoso que hace lo que le viene en gana.
Los precios suben, así sin más, como si tuvieran decisión independiente y soberana, y nada podemos hacer al respecto, más que contemplarlos como a dioses coléricos. 
Pero los precios, amigos, no tienen vida propia ni autonomía de decisión.
LOS PRECIOS SUBEN PORQUE ALGUIEN LOS SUBE, MACHO.
En otros términos: en algún momento, alguien toma la decisión de subir los precios.
Es verdad que en ciertos casos puntuales, algunos productos pueden sufrir aumentos de precio estacionales o temporales: cuando la oferta o la demanda son afectadas por un hecho de fuerza mayor, “los precios” reaccionan en consecuencia.
Pero hay un pequeño error en esta concepción neoclásica de la economía: está rematadamente comprobada la falacia de las vetustas leyes de la oferta y la demanda. La economía no se maneja con automatismos o equilibrios mecánicos, como creían los autores neoclásicos. Esa es una visión in abstracto que choca con la realidad más prístina: a los precios alguien los sube porque le conviene y puede hacerlo, y además puede imponer esa suba a los demás actores de la economía, incluso al Estado mismo.
Muchos comerciantes aducen que han subido sus precios porque sus proveedores han hecho lo propio. Y así todos se tiran la pelota unos a otros. Sin embargo, la cadena de precios que se mueve como una ola hasta llegar al consumidor comienza en algún punto: los denominados “formadores de precios”.
En líneas generales, estos personajes económicos son grandes empresas que controlan todas las fases de producción y distribución de la mayoría de los bienes. En la Argentina, sin ir más lejos, un puñado de 50 empresas maneja el 80 por ciento de todo el mercado de rubros del llamado “consumo masivo”. Basta para que estas empresas decidan aunar conveniencias (“cartelizar” se llama a eso) para que la cadena de precios se desate como una cascada de fichas de dominó.
Dicho de otro modo: hay quienes tienen el poder de aumentar los precios, e iniciar la cadena de la eventual inflación.
Visto desde este ángulo, entonces, el precio no es otra cosa que el resultado de una estructura de poder que no responde a la simple oferta y demanda.
Cuando un precio sube, alguien gana y alguien pierde. Adivinen quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores.
Esta es la razón por la cual los “controles de precios” suelen fallar: los controles de precios nunca controlan a quienes en verdad controlan los precios, esto es, los formadores de precios.
En sí mismo, el precio contiene el llamado “margen de ganancia”, un porcentaje que garantiza la rentabilidad de la empresa capitalista. Este margen de ganancia puede ser razonable (es decir, adecuado a los costos de producción dados) o puede oscilar entre la mera especulación y el liso y llano abuso.
Mirándolo una vez más desde este ángulo, el precio es una suerte de transferencia legal, que en muchos casos resulta un sometimiento del sistema para con los consumidores.
En la Argentina, los márgenes de ganancia de muchas empresas son de seguro tan abusivos, que los precios de sus productos se derrumbarían estrepitosamente si se ajustaran a sus costos de producción.
Es que el precio es en si mismo un abuso. Es una transferencia permanente de ingresos del consumidor a las grandes empresas. Y en el mejor de los casos, es una transferencia de costos de los empresarios intermediarios al consumidor, un mecanismo para trasladar sus pérdidas a la sociedad.
Cuando es menester –y hay razones políticas para ello-, el aumento de precios deviene en la tan meneada inflación. O incluso, en una espiral hiperinflacionaria, que no es otra cosa que una gigantesca y abrupta transferencia de ingresos de los pobres a los ricos por intermedio de los precios.

Cuando hay inflación o hiperinflación no perdemos todos: hay unos pocos que se vuelven más y más poderosos. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Aquel 10 de diciembre

Fue, acaso, el día más feliz de mi vida.
Se terminaba la asfixia de la dictadura, esa garra sangrienta que nos oprimía la garganta.
Volvíamos a respirar el aire puro de la libertad.
Fue un día maravilloso, se podía comprobar en las casas y en las calles, y hasta en el clima.
Fuimos felices ese día.
Ese sábado radiante.
Fuimos felices casi sin saberlo.
Felices.
Así lo recuerdo.
Lo que vino después es otra cuestión. Decepciones más que alegrías.
Humillaciones a veces. 
Es que la democracia no lo arregla todo, como supusimos ingenuos. La democracia tarda en construirse, décadas, tal vez siglos. Y nos falta mucho.
30 años no es poco, es verdad.
Pero no habrá democracia mientras no haya cloacas ni gasas ni justicia.
La democracia es incompatible con la injusticia.
No habrá democracia mientras unos pocos tengan mucho y muchos tengan poco o nada.
No es un juego de palabras: es el problema que deberemos solucionar si queremos que aquel 10 diciembre tenga algún sentido algún día.     

miércoles, 4 de septiembre de 2013

¡Gracias, Roger, por el tenis!



Sea como fuere que tu carrera profesional prosiga de aquí en más, quiero decirte gracias, Roger, por tanto tenis.
Por combinar en cada cancha la eficacia, la técnica y la elegancia.
Por tu revés exquisito.
Por inundar de placer los ojos de los que gustamos de este deporte.
Por tu talento y tu caballerosidad.

En síntesis, por transformar al tenis en una suerte de arte


martes, 27 de agosto de 2013

La medicina, esa enfermedad que mata *



                                                            Está en la naturaleza de la medicina que si hacés algo mal, vas a matar a alguien. Si no pueden asumir esa realidad, elijan otra profesión.
                                                                                                                                                                                                                                                                                          Dr. Gregory House
                                                                                         
                                                        Primum non nocere (Lo primero es no dañar)
                                                                                                                                                                                                                                                         Precepto atribuido a Hipócrates



Pocas cosas matan en el mundo más que los mismos médicos.
La medicina occidental se ha transformado en una maquinaria compleja capaz de salvar tantas vidas como de segarlas.
Parece una contradicción, pero no lo es.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que “decenas de millones” de personas sufren lesiones graves o mueren al año en todo el mundo por los errores de diagnóstico, las malas prácticas quirúrgicas y las consecuencias nocivas de los tratamientos medicamentosos.
Decenas de millones, dice la OMS. Evidencias no le faltan.
El informe Death by medicine (Muerte por la medicina) advertía -hace casi ya diez años-, que los errores médicos eran la principal causa de muerte en los EE.UU., con más de 780 mil decesos anuales. De acuerdo a este polémico artículo, el sistema de salud estadounidense causa más daño que beneficio.
Más datos respaldan su hipótesis.
Según un estudio de la Asociación de Oncología Médica de Italia, mueren en ese país europeo 90 personas al día por fallas en el sistema sanitario, unas 32 mil al año. La sumatoria mortal supera a las provocadas por el cáncer, las dolencias cardiovasculares o los accidentes de tránsito.
Peor el remedio que la enfermedad: hace rato ya que la medicina occidental se ha transformado en parte del problema de la salud mundial antes que en su solución.

La miopía de los médicos

La medicina occidental padece de una miopía peligrosa: ve al paciente como un mero conjunto de síntomas que se expresan en algún órgano o sistema, e ignora la totalidad del cuerpo del enfermo. Ignora que el todo no puede reducirse a sus partes. De ese modo, si uno tiene un problema en el hígado, es atendido por un hepatólogo; si uno tiene un problema en el corazón, lo derivan al cardiólogo, etc., etc., etc. Todos los especialistas ven su “parte” del problema, pero ninguno ve al paciente como a un todo somático, psicológico y social. Al experto en un pedazo del cuerpo rara vez le importa el entorno del paciente, sus opiniones y sus hábitos, por lo que apenas conoce algo de él.
Porque nadie mejor que uno conoce su propio cuerpo.
Sin embargo, el enfermo no puede abrir la boca cuando va al consultorio porque el doctor es el que sabe. La relación médico-paciente se sustenta en una subordinación tácita del segundo al primero. No hay cosa más desagradable para los médicos que aparezca un enfermo que se atreve a dudar, a disentir y –peor aún-, a cuestionar su saber.
-¿Quién es el médico, usted o yo? –suelen preguntar los médicos en esa incómoda circunstancia.
Para la medicina occidental, los pacientes no tienen opinión alguna en el proceso de diagnóstico: son idiotas (House consiente este término), meros conjuntos de síntomas con patas que deben hacer lo que se les dice.
Y punto.
La conclusión de todo esto es simple y horrible: los médicos no saben nada de sus pacientes, excepto por la “partecita” que les corresponde. En ese contexto, ¿cómo no se van a producir errores de diagnóstico? 

La línea de montaje sanitaria

Ante un mismo conjunto de síntomas, los médicos suelen recetar a menudo el mismo tratamiento universal, como si todos los pacientes fuesen iguales. Del mismo modo, tres médicos distintos pueden hacer tres diagnósticos diferentes sobre un mismo caso (¡Y los tres, estar mal!) Se ignora aquel viejo precepto según el cual hay tantas enfermedades como enfermos: el tratamiento que a un paciente puede salvarle la vida, a otro puede sencillamente matarlo.
Es que el diagnóstico no es una ciencia exacta: es casi un arte basado en datos y también en la intuición, esa parte de la inteligencia que no se ve. No cualquiera puede diagnosticar, como no cualquiera puede componer una sinfonía o escribir El Aleph. Dicho de otro modo: muchos médicos no están en condiciones de diagnosticar y sin embargo, lo hacen.
Lamentablemente.
Es verdad que, en buena medida, los malos diagnósticos tienen mucho que ver con la deficiente atención a los pacientes. En las obras sociales -y ni que hablar de los hospitales públicos o el PAMI, esas máquinas de eliminar gente-, el paciente pasa por una suerte de línea de montaje sanitaria donde es atendido con una superficialidad asombrosa. Excepto raras ocasiones, no hay tiempo para un análisis profundo. Conclusión: el médico de hoy ha perdido el “ojo clínico” que caracterizaba a los viejos galenos.

La industria de la enfermedad

Tampoco debe soslayarse que el médico es un eslabón más de una cadena muy amplia que empieza con los grandes laboratorios farmacéuticos (que no son más que grandes empresas capitalistas), y termina (literalmente en muchos casos) con los pacientes. ¿Ustedes leen los prospectos de los remedios que toman? Muchos medicamentos tienen tantas contraindicaciones y efectos adversos, que a veces es mejor quedarse con la enfermedad de base.
Sin embargo, la cantidad de sustancias que se sobre-recetan es enorme, como ocurre con los antibióticos. Desde luego, hay quienes ganan mucho dinero vendiendo toda esa basura química.
Es que la enfermedad se ha convertido en una industria. En los catálogos de Farmacity podemos encontrar un remedio para cada mal: si tenés esto, tomate esto otro o aquello. Cada dolencia tiene su cura, y su cura, claro, su precio.
En otros términos: la medicina occidental es parte de un negocio gigantesco que lucra con la enfermedad, y por consiguiente, con la salud de la gente.

Sanas conclusiones

“No quiero ir al médico porque no quiero enfermarme”, dice una frase de la inventiva popular. A veces, lo mejor es no visitar ningún consultorio. Se los aseguro. Y mucho menos un hospital. El peor lugar para llevar a un enfermo es a uno de estos sitios horribles, donde uno de cada diez internados sufrirá una infección intrahospitalaria (que en uno de cada 300 casos será mortal, según cifras de la OMS).
De nuevo: peor el remedio que la enfermedad.

El sistema de la medicina occidental esta enfermo: Dios quiera que no lo atiendan los médicos. 




*a mi madre, víctima no contabilizada de la medicina y los malos médicos

jueves, 15 de agosto de 2013

La insoportable e inveterada atomización de la izquierda

La pregunta remanida tras cada puta elección siempre es la misma: ¿cuándo la izquierda se va a presentar unida?
Dicho de otro modo.
¿Cuándo los partidos que dicen representar a la izquierda –y por ende, a miles de personas que en muchos casos no los votan-, van a abandonar su estúpida e inveterada atomización?
¿Cuándo dejarán de lado los dogmatismos, personalismos, partidismos y demás ismos, en aras de encolumnarse tras tres, cuatro o cinco conceptos centrales que toda izquierda –aquí, en cualquier parte del mundo y acaso en la Vía Láctea-, debe compartir? ¿Cuándo comprenderán que a menudo suelen dar pena con sus propuestas inútiles que no convencen ni siquiera a los convencidos?
Hasta los más rancios teóricos de la derecha admiten que una izquierda activa es siempre útil para la buena salud del sistema político de cualquier país.
¿Entenderán que a este paso nunca van a gobernar ni un club de barrio? ¿Será el destino manifiesto de la izquierda no acceder jamás a gobierno alguno? ¿Será que –el día que pueda ganar una hipotética izquierda-, se acaban las elecciones y la famosa democracia?
No lo se.
Pero constato un hecho esperanzador: hay mucha más gente de izquierda de lo que creemos. Se los aseguro. Hay gente que es de izquierda y no lo sabe. Los partidos de izquierda, parece, tampoco.