jueves, 17 de diciembre de 2009

El pasado no pasó


En los últimos tiempos, una serie de casos de la llamada “inseguridad” sacudió a la opinión pública. En la mayoría de ellos se registraron víctimas fatales o gravemente heridas, como en el caso del ex futbolista Fernando Cáceres.

La seguidilla de delitos urbanos también repuso en el debate el tema de la imputabilidad de los menores. Sucede que en prácticamente todos los casos, jóvenes de menos de 18 años participaron de los ataques.

No es punto a soslayar.

No obstante, considero que un dato no se remarcó con la suficiente claridad: todos los menores que participaron de los casos de delito urbano recientes nacieron durante el mandato del ex presidente Menem.

Saquen las cuentas.

Lo repito por si alguien no comprendió lo que quiero decir: TODOS LOS MENORES QUE PARTICIPARON DE LOS HECHOS DE INSEGURIDAD NACIERON DURANTE EL GOBIERNO DE LA RATA DE ANILLACO.

No faltará la voz que de inmediato salga a decir: “¿Menem? Menem ya es el pasado. Menem ya pasó. El pasado, pasado está. ¿Qué tiene que ver?”

Como si los hechos que ocurren en el presente no estuviesen severamente condicionados por el pasado. Como si uno y otro no estuvieran conectados por hilos a veces imperceptibles.

Como si lo que cosechamos hoy no hubiese sido sembrado con anterioridad, para usar una metáfora agrícola.

Esos pibes-chorros nacieron en aquel contexto y hoy no son otra cosa que su consecuencia.

Porque el pasado no pasó.

El pasado está aquí entre nosotros.

Y sigue matando.




jueves, 3 de diciembre de 2009

Nuestra estúpida inconducta


Si algo caracteriza al ethos del argentino medio, eso es su carácter refractario a la ley. En cuanto se instaura una norma, allí está presto el argentino medio para violarla.

Es, de algún modo, un comportamiento infantil: si le dicen que haga A, el argentino medio hace B. Si le dicen que no haga A, el argentino medio hace A.

Se trata de una rebeldía patológica cercana a la estupidez.

Yo no obedezco porque soy más vivo que la ley.

En efecto.

Pocas cosas como el caos de tránsito porteño evidencian este tipo de conductas. Basta que aparezca un semáforo en rojo para que el argentino medio acelere, en vez de frenar, como ocurriría en cualquier país con un mínimo grado de instrucción cívica.

Pero no.

El argentino ve un semáforo en rojo y acelera para pasar primero.

Qué vivo que soy.

Desde luego, esta conducta rebelde nada tiene que ver con los 20 muertos al día –promedio-, que se registran en accidentes de tránsito.

De ningún modo, señor.

Los accidentes de tránsito los provocan los demás, no yo, que soy muy vivo. Según las estadísticas, la mayoría de los argentinos cree que maneja bien y que son los otros los que hacen barbaridades al volante.

¿Yo, señor? No, señor.

Es que la ley es para el argentino medio un obstáculo a sortear, no una condición para la convivencia ciudadana.

Para el argentino, toda ley está hecha para ser violada. Si puedo no respetar la ley, no la respeto. Sólo respeto la ley cuando no me queda otra alternativa.

Porque el argentino medio avanza hasta donde puede o hasta donde lo dejan, nunca hasta donde corresponde.

Si pasa, pasa.

En este país, el tipo que hace lo que corresponde es mirado primero con asombro, luego con desdén y finalmente con hostilidad.

¿Cómo se te ocurre hacer lo que corresponde?

Un país en el que respetar la ley equivale a ser signado como estúpido, simplemente, es un país inviable y sin futuro.




miércoles, 18 de noviembre de 2009

El extraño caso del país de los que escupían para arriba


Había una vez un país cuya población tenía la curiosa costumbre de escupir para arriba.

Era un hábito divertido y jocoso.

Escupir para arriba.

Casi todos lo hacían.

Y se reían.

Pum para arriba, les decían desde la tele.

Y todos escupían y se reían.

Es muy divertido escupir para arriba.

Es más: los gobernantes de aquel país aseguraban que escupir para arriba les iba a permitir entrar al Primer Mundo.

Y a la modernidad.

Y a tener un autito 0km.

Y así iban por la vida, entonces, los habitantes de aquel país: escupiendo para arriba.

Divertidos.

Y con su autito 0km.

Pum para arriba.

Pero hete aquí que –y siempre hay un pero hete aquí que en los cuentos-, las cosas cambiaron. Un señor llamado Newton se adelantó y dijo: “Todo lo que sube, baja. Esto va a terminar mal”.

Nadie lo escuchó.

Y todos siguieron escupiendo para arriba.

Y un buen día, los escupitajos de la gente de aquel país comenzaron a caer.

Y caían en la cara de la gente.

Plaf.

Pum para abajo.

Ya no era gracioso.

Qué asco.

Esto no es el Primer Mundo, dijeron.

Qué vergüenza.

Y los escupitajos caían.

Que alguien haga algo, gritaba la gente de aquel país.

Y los escupitajos siguen cayendo.




viernes, 6 de noviembre de 2009

Por algo será


Esto es una vergüenza.

Que alguien haga algo.

Te matan por dos pesos.

Hay que matarlos a todos.

Con los milicos estábamos mejor.

Así no se puede más.

Que se vayan todos.

Quiero mis dólares.

Yo no lo voté.

Deme dos.

Las novelas de Borges.

Las obras de Sócrates.

Con los milicos estábamos mejor.

La casa está en orden.

Felices Pascuas.

Deme dos.

Achicar el estado es agrandar la nación.

Los argentinos somos derechos y humanos.

No te metás.

Algo habrán hecho.

Por algo será.

Yo, argentino.

Esto es una vergüenza.

Que alguien haga algo.

Hay que matarlos a todos.

Por algo será.




viernes, 11 de septiembre de 2009

Siete tesis sobre el Gobierno K


1) El Gobierno de los Kirchner no es un gobierno progresista.

2) Si el Gobierno de los Kirchner tomó medidas que pueden considerarse como “progresistas”, lo hizo por conveniencia y nunca por convicción.

3) El conflicto entre el Gobierno de los Kirchner y sectores del establishment local (vg. la multinacional sojera o la corporación mediática) no debe leerse como la lucha entre un Gobierno progresista y las clases dominantes, sino como la puja de poder entre dos o más facciones de esas mismas clases dominantes.

4) El kirchnerismo ha sido la variante del peronismo que ganó las elecciones de 2003. Esos comicios iban a realizarse en verdad en 2002, en medio de los “cacerolazos”, pero fueron pospuestos hasta que pudiera ganar un candidato menos incómodo para el poder.

5) El kirchnerismo es, pues, la consecuencia política de la reconfiguración de las clases dominantes en la etapa post-convertibilidad.

6) El kirchnerismo, mirado más de cerca, es la continuidad lógica del menemismo pero con la careta de los Derechos Humanos. Comparte con el menemato una misma matriz corrupta de hacer política.

7) El kirchnerismo carece de un plan o modelo de desarrollo económico sustentable. Sólo se limitó a aplicar una variante del neo-keynesianismo, con prebendas para algunos sectores de la economía local (vg. petrolero, minería) vinculados a la producción y a la sustitución de importaciones.




jueves, 27 de agosto de 2009

La realidad y los medios


La única verdad es la realidad”, decía el General en una de sus más famosas citas. Ahora bien, ¿qué es “la realidad”?

La respuesta es muy simple: la realidad es lo que pasa en la tele.

Lo que pasa en la tele, pasa.

Lo que no pasa en la tele, no pasa, aunque pase.

De este modo simple se construye la realidad y se da por verdadero o válido lo que determinan los medios.

Erich Fromm decía que gran parte de lo que creemos que es “la verdad” no es sino “el consenso de la mayoría manipulado por aquellos que detentan el poder”.

Los medios se han vuelto eficaces mecanismos para manipular esa realidad y para transformar lo falso en verdadero, lo verdadero en falso, o lo que fuese menester para el poder de turno.

Así, durante mucho tiempo, se nos hizo creer que el Estado –sin ningún lugar a duda posible-, era una entidad obsoleta que debía ser desmantelada.

Así nos fue.

Otro buen ejemplo de la manipulación de la realidad es el caso de la “inseguridad”. Está bien claro que el delito aumentó en los últimos años, lo que puede comprobarse desde la ciencia social. Pero la reiteración de casos mostrados desde los medios, en determinadas circunstancias propicias, no es algo azaroso.

Es simple: si conviniera al poder, la “inseguridad” no existiría. Y para los medios se trataría, apenas, de “algunos delitos violentos ocurridos aisladamente”.




viernes, 14 de agosto de 2009

La pobreza está de moda


Qué país canalla será el que vivimos, que ahora se habla de la pobreza porque conviene a los ricos.

O porque puede usarse como ariete contra el Gobierno.

Causa asco y repulsión: los ricos descubren la pobreza, y encima se indignan.

Qué horror, diría la señora de los almuerzos.

El Gobierno tampoco se queda atrás, claro. El Indec anunció que modificará su metodología para medir la pobreza. A juzgar por lo ocurrido con los precios, de seguro todos pasaremos a vivir en la opípara abundancia, mientras los pobres pobres serán barridos bajo la piadosa alfombra de las estadísticas retocadas.

De lo que seguro pero seguro no se habla es de las causas de la pobreza.

No, señor.

De eso no se habla.

A menudo, la pobreza es descripta con minuciosa pulcritud, pero nadie explica por qué existe o crece cada día un poco más. Pareciera que la pobreza es una suerte de fenómeno atmosférico, algo que ocurre porque sí, como todo lo que ocurre en este país.

No tiene causas ni razones.

Sólo existe.

Y crece.

Pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que la causa fundamental de la pobreza es la riqueza de unos pocos.

Vaya si es simple: si el país puede abastecer a todos, y hay muchos que no tienen nada, es porque unos pocos se quedan con la parte del león.

La pobreza la causan los ricos con su riqueza.

Esos mismos señorones que ahora se hacen los indignados.