
miércoles, 12 de marzo de 2008
miércoles, 27 de febrero de 2008
Sembrando tragedias

“Está todo bien”, decía el piloto del vuelo de LAPA instantes antes de estrellarse en la Costanera, en 1999, y de causar la muerte de 65 personas.
“Está todo bien”, repetía, mientras sonaba una alarma que decía que estaba todo mal.
Todo un símbolo.
Ahora nos enteramos de que en la Ciudad hay decenas de edificios cargados con mercaderías, pero que carecen de habilitación para funcionar como depósito. Nos enteramos porque uno de estos edificios se incendió en el Once, aunque por uno de esos milagritos que nos asisten, nadie tuvo el privilegio de morirse.
“Está todo bien”, dirán los dueños de esos edificios, mientras acumulan mercaderías en los pasillos, en los sótanos o en cualquier lado.
“No pasa naaada”.
“¿Quién se va a dar cuenta?”
Párese en una esquina de cualquier avenida. Preste atención: verá que una proporción importante de automovilistas va manejando mientras habla por el teléfono celular.
“Está todo bien”, dirán esos automovilistas antes de estrellarse y causar la tragedia nuestra de 20 muertos al día en accidentes de tránsito.
Una moda: los pibes tienen motitos ahora. Esas motitos de baja cilindrada. Claro, van de a tres arriba de las motitos: los tres sin casco.
3x1.
“No pasa naaaada”, dirán los pibes, que si sobreviven a su estupidez, serán los conductores con celular del mañana, los dueños de los edificios en falta, o los pilotos que se desconcentran durante un despegue.
Pareciera que vivimos generando pequeños lapas cotidianos, futuros cromañones, próximos infortunios.
Vivimos sembrando tragedias.
¿Por qué el asombro, el estupor, cuando luego cosechamos las desgracias?
miércoles, 6 de febrero de 2008
Pobre país de idiotas en cuatro ruedas

En 2007 se produjeron en el país 544.647 automóviles, un record histórico. Al mismo tiempo, se vendieron unos 564.000 0km, otra marca en la materia. A esto hay que sumarle el millón 200 mil usados que cambiaron de mano durante el año pasado.
Los autos motorizan al país.
La industria automotriz impulsa el dinamismo fabril y el consumo: mientras la actividad manufacturera local creció un 7,5 en 2007, la fabricación de autos trepó un 25,4%.
Los fabricantes son aún optimistas y creen que para 2008 se superarán los 600.000 vehículos armados en el país. El parque automotor no para de crecer y ya debe haber superado los 8 millones de vehículos.
En otros términos: cada vez hay más y más autos en las calles.
Y habrá cada vez más y más.
Las consecuencias no son muy difíciles de predecir: habrá cada vez más embotellamientos, más accidentes, más heridos.
Y más muertos.
La ciudad se formatea para los autos, no para las personas. Basta con ir al centro cualquier día en una hora pico: cada día se hace más difícil salir de allí.
Los autos se han adueñado de las calles, y de algún modo, de nosotros mismos.
Porque pareciera que los argentinos sólo desean tener su auto. O dicho de otro modo: el objetivo central del argentino medio es tener un auto.
Según una encuesta de TNS Gallup, el auto es el objeto que más desean los hombres argentinos. (Clarín, 24-06-07) Muchos de los automovilistas tratan a sus vehículos como si fueran parte de su familia. O incluso, mejor que a su familia. Un 23% de ellos declara un “sentimiento de cariño” por su cochecito. Un 77% dice que el cuidado de su rodado es “bastante” o “muy importante”.
¡Mi querido autito!
Esta claro que para el argentino medio, el auto es más que una cosa con cuatro ruedas: es un objeto de prestigio, poder y reputación. El auto es para el argentino medio esa máquina que sirve para vanagloriarse delante de los vecinos, amigos y parientes.
Porque pareciera que hay una estúpida escala de status: el que tiene auto se cree mejor que el que no lo tiene. Y el que tiene un auto mejor se cree mejor que el que tiene un auto no tan bueno.
En la película Juan que reía, Luis Brandoni es un empleado que quiere ascender en su empresa. Entonces se compra un Citroen 3CV. Todo es felicidad en su mundillo mediocre hasta el día en que le afanan su cochecito: su vida se derrumba estrepitosamente.
-¡Y todo por ese asado de mierda!-, grita el personaje de Brandoni cuando constata que le han robado su querido Citroen por haber ido a un asado al que no quería ir.
“El argentino medio no puede vivir sin su auto, es parte de su ser”, es el mensaje filosófico de Juan que reía.
Basta para que el argentino tenga un poco de pelusa en el bolsillo, para que inmediatamente corra a comprarse su querido autito, y deje de lado otras prioridades, como por caso una vivienda. Esto explica el boom de la venta y producción de autos. Según la misma encuesta de Gallup, tres de cada cuatro argentinos desea cambiar su auto.
Cuando no lo tienen, quieren tenerlo. Cuando lo tienen, sueñan con uno mejor.
Porque al argentino medio podés tocarle el culo o insultarle a la vieja: pero ni se te ocurra rasparle al auto. Basta recordar el caso de aquel tipo al que le rozaron un espejito en un peaje: se bajó, discutió y mató de un tiro al joven conductor del otro coche.
Subido a su autito, el argentino se siente un pequeño dios: se siente Fangio, Schumacher y el Flaco Traverso juntos. Esa omnipotencia del argentino estúpido subido a su autito es lo que causa la mayoría de los 20 muertos al día en accidentes de tránsito.
El argentino medio, subido a su autito, siente que nunca le va a pasar nada.
Porque, claro, los que manejan mal son los demás, no yo. Nueve de cada diez varones creen que conducen bien. Por supuesto: los que no se ponen el cinturón de seguridad o los que van hablando con el celular mientras manejan son los otros, no yo.
Cualquier idiota, subido a su auto, se cree Gardel en este país de opas. Como una prolongación del pene, los vivos argentinos creen que la tienen más larga por tener cuatro ruedas de morondanga.
Pobre país de inmaduros.
Porque pocas cosas como el deseo de tener un auto han causado más daño a este país. Mientras el menemato corrupto regalaba el estado, los argentinos consentían la estafa con su voto, a cambio de poder conseguir su autito.
Los argentinos, con tal de tener su estúpido auto, son capaces de arruinar el país.
Pobre país de idiotas en cuatro ruedas.
Recuerdo que por aquel entonces –año 1993 o 1994-, discutí con un amigo por este tema. Él me decía que iba a votar al lector de Sócrates. Yo le argumenté que eso sería una estupidez, que el menemato estaba regalando el país, que la convertibilidad era un espejismo y que todo iba a terminar mal. Él me miró con cara de vivo y me dijo:
-Puede que tengas razón... pero yo tengo que pagar el auto en cuotas...
Ese día comprendí que este es un pobre país de idiotas en cuatro ruedas.
jueves, 24 de enero de 2008
Bertolt Brecht siempre tiene razón

jueves, 17 de enero de 2008
Yo no pido permiso para protestar

Ahora resulta que hay que pedir permiso para protestar. Esto es, al menos, lo que propone la Justicia porteña.
Permiso para protestar. Todo un contrasentido: porque para protestar no hace falta pedir permiso, queridos amigos.
En este caso, se trata de un proyecto que obliga a los eventuales manifestantes a “avisar” sobre su protesta, no vaya a ser que moleste el buen gusto y los intereses de la gente decente. Al parecer, muchos porteños están de acuerdo con la medida, que recibió el beneplácito del nuevo Jefe de Gobierno de la Ciudad, como era de esperar.
Uno se pregunta si muchos de esos porteños hubieran estado de acuerdo con este proyecto, allá por los aciagos días de 2001/2002, cuando todo era caos, piquete y cacerola.
Seguramente que no.
En ese entonces no había que pedir permiso para protestar. Los medios de comunicación hablaban de el pueblo que se levantó contra la injusticia, o bien, de la gente que tomó las calles, harta de que le metan la mano en el bolsillo, y otras grandilocuencias para el caso.
Claro, cuando a muchos porteños les meten la mano en el bolsillo vale protestar. Pero ahora que muchos recobraron buena parte de sus ahorritos pedorros y ahora pueden comprarse su querido plasma, ahora no vale protestar.
Para muchos argentinos, sólo vale protestar cuando se afectan sus intereses. Para muchos porteños, el único derecho que admite cualquier clase de protesta es el suyo y sólo el suyo.
Como si en la ciudad –y el resto del país- no hubiese pobres, pibes sin empleo ni futuro, esto es, gente con todo el absoluto derecho de protestar.
Claro, ahora que protestan estos negros de mierda, ahora no vale hacer piquete.
Es curioso. Yo mismo hice un piquete hace unos días, cuando a muchos vecinos nos dejaron sin luz ni agua. Entonces salimos a las calles y las cortamos. ¡Hasta vino la televisión!
Aquellos vecinos que tenían luz, claro, no se plegaron al piquete. Como era de esperar en estos garcas de mierda que somos, al fin y al cabo, los argentinos.
viernes, 11 de enero de 2008
¡Gracias, Edesur!

viernes, 4 de enero de 2008
Esas típicas frases argentinas

Surgen cada vez que ocurre una desgracia. O cuando tenemos que afrontar algo importante.
Se nos van a la boca, como un reflejo condicionado. Y ahí las largamos: son las típicas frases argentinas.
Esas que repetimos como un mantra para que nada cambie. He aquí algunas de ellas.
¡ESTO SE TIENE QUE ACABAR...!
Ante un hecho terrible suele decirse con indignación: "¡Esto se tiene que acabar...!", o bien "Esto le hace mucho daño al fútbol...", y similares. Y se remata con una frase tan estúpida como inútil: "Algo hay que hacer..." Desde luego, nada se hace y todo queda tal cual estaba. Y el hecho terrible de marras vuelve a suceder. Una y otra vez.
¡CON LA TIERRA RICA QUE TENEMOS...!
Cuando vemos que la pobreza y la marginalidad avanzan; cuando vemos esos pobres linyeras oscuros que piden una limosna en la calle Florida, afeando el paisaje a los ojos de los turistas, nunca falta el que exclama, en un suspiro: "¡Con la tierra rica que tenemos...!" Y luego se despacha con el asunto del "granero del mundo" y lo bien que podríamos estar si aprovecháramos todas nuestras riquezas naturales...
QUÉ VA’CER...
Con el hecho trágico consumado, cuando todo es dolor, aparece el despreciable y estúpido “Qué va’cer...”, colmo de la resignación argentina. Y luego, inevitablemente, le sigue el remate: “Y... Dios proveerá...” O la Virgen
¡MAÑANA MISMO SE LO DIGO...!
Cuando las esposas presionan a sus maridos para que pidan un aumento a sus jefes, los maridos invariablemente contestan: "¡Mañana mismo se lo digo...!" y obvio, nunca piden el deseado aumento. Esta frase es muy similar a aquella de "El lunes empiezo..." y otras equiparables que sólo dilatan una situación. "Investigaremos hasta las últimas consecuencias..." es otro clásico versión gobierno.
¡A MI NUNCA ME VA A PASAR...!
Esta frase es más bien un pensamiento prototípico del argentino: "A mí nunca me va a pasar...". O el inefable “¡No pasa naaadaaa...!” Claro: luego, lo que no debe pasar pasa, y el argentino se lamenta, como buenos llorones que somos.
¡HACETE CARGO...!
Si de deslindar responsabilidades se trata, el argentino es mandado a hacer. "Hacete cargo...", o bien "A mi no me metás..." o "Arreglátelas, viejo..." son las típicas frases de desentendimiento nacional. Todas, herederas del clásico “Yo, argentino”. O del tristemente célebre “No te metás...”
YO NO LO VOTÉ...
Los gobiernos, en la Argentina, surgen por generación espontánea. Es un misterio que la ciencia no ha podido develar hasta el momento. Porque acá nadie vota a los candidatos que ganan y que luego hacen un desaguisado monumental con el país...
¡QUÉ VERGÜENZA!
O bien, su hermana "¡Esto es una vergüenza...! y bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla..." Y todo queda igual.
¿QUIÉN SE VA A DAR CUENTA?
Cuando hay que animar al compañero para que haga algo indebido, aparece el inveterado “¿Quién se va a dar cuenta...?”. Total, si pasa pasa. Nos pinchamos del cable del vecino, cruzamos por cualquier lado, tiramos la mierda en cualquier lugar... total, ¿quién se va a dar cuenta...?
¿COMO PODEMOS ARREGLARLO...?
La frase clave de la corrupción, del atajo, de la salida fácil: “¿Cómo podemos arreglarlo...? Está en todos los ámbitos: en el tránsito, en la función pública, en la privada... Tiene tantas variantes, que me dio nausea sólo con pensarlo. Ya no tengo más ganas de escribir.