sábado, 2 de abril de 2011

Abril 1976 1982 1991 2011


El 2 de abril de 1976 comenzó a nacer eso que hoy llamamos la “inseguridad”.

Y los “pibes chorros”.

Y las ventanas con rejas.

No, no estoy loco, aún.

Ese día, el entonces ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, presentó el siniestro plan económico de la dictadura.

El de la “miseria planificada”, como diría Rodolfo Walsh en 1977.

El plan que nos condujo a la especulación, al desagio, a la Deuda Externa eterna, a la inflación.

A que ganen siempre unos pocos, los mismos turros de siempre.

A que la siniestra dictadura reventase en el desastre de Malvinas, que también comenzó, curiosamente, otro 2 de abril, un día como hoy.

Abril. 1982.

Abril. 1991.

Tiempo después, pero un 1º de abril, se instauró otro plan económico, el de otro ministro de Economía, un ex funcionario de la dictadura.

Che, qué casualidad, otro funcionario de la dictadura.

Era el plan de la convertibilidad, el “1 a 1”, ¿se acuerdan?

Ayer se cumplieron veinte años.

Veinte años no es nada.

Este plan, el del menemato corrupto, el del gobierno más corrupto de la historia, no hizo otra cosa que corregir y aumentar todo lo que no había podido lograr el plan de Martínez de Hoz.

Y entonces se privatizó, se desmanteló el estado, se endeudó al país, se destruyó la industria local, se condenó a millones de personas a la desocupación.

Y entonces nacieron unos pibes, allá en los noventa, unos pibes que ahora tienen doce, trece, quince años, y que te afanan y que te pegan un tiro por veinte pesos.

Veinte pesos no es nada.

Y nacieron miles de pibes que no estudian ni trabajan.

Nacieron en los noventa, pero empezaron a nacer en 1976.

Y están aquí entre nosotros, ahora.

El pasado no pasa, está en el presente.

Ellos están aquí.

Como muchos ciudadanos decentes que en 1976 miraron para otro lado. Y consintieron la tortura.

Como muchos ciudadanos decentes que en 1991 votaron y apoyaron.

Son los mismos que ahora se quejan de la “inseguridad”.

Y de los pibes chorros.

Me dan asco.


jueves, 17 de marzo de 2011

Crónica del maleducado argentino

Observo con estupor como en los últimos años ha aumentado en el país la cantidad y proporción de las personas a las que yo llamo “maleducado argentino”.

¿A qué me refiero?

Definamos: el maleducado argentino (en adelante, MA) es el ciudadano que transgrede los límites normales de la convivencia con los demás y afecta de manera negativa los intereses del resto de los ciudadanos. Pero no se detiene allí: al MA no le interesa en lo más mínimo si alguien le hace saber que perturba a sus congéneres.

Ese es el maleducado argentino.

Desarrollo el concepto.

Cualquiera de nosotros puede transformarse en molesto, sea por error o desconocimiento. Pero la diferencia con el MA consiste en la reacción de cada uno: una persona discreta pedirá disculpas y desistirá de su actitud en el mismo instante en que le es reprochada la conducta incorrecta.

En cambio, el MA no sólo no pide disculpas ni cambia su accionar cuando es reconvenido: cree además que tiene razón y que son los demás el problema, nunca él.

El MA considera sin tapujos que tiene derecho a molestar.

La falta de respeto permanente es su única norma.

Pongo un ejemplo.

Hace unos días, un vecino mío (un auténtico MA) decidió que quería escuchar música en la radio de su auto, vehículo que estaba estacionado en la ventana de mi casa. Pequeño detalle: eran las 3 de la mañana. Cuando levanté la cortina para decirle que bajara la música porque quería dormir, no tuvo mejor respuesta que ésta:

-¡Si está baja la música!

La música estaba “baja” para él, que quería escuchar, pero no para mí, que quería dormir. Es que el MA nunca se pone en el lugar del otro: es un estúpido egocéntrico que cree que se las sabe todas. Le molesta que le digan que molesta. Es un rebelde bobo y muchas veces, un tipo agresivo.

Es, esencialmente, un idiota sin educación cívica.

El hipotético lector dirá con razón: siempre ha habido personas molestas e imbéciles de este tipo. Es cierto. Pero hasta no hace mucho, eran casos puntuales aquí y acullá, excepciones quizá. Ahora, en cambio, son la regla: el MA está por todos lados y asume muchas formas, edades y sexos. Ya no tiene límites: en otros términos, estamos rodeados de MA.

Ahora, la excepción a la regla somos las personas discretas y respetuosas del otro.

Comprender las causas del aumento en la proporción del MA es un trabajo complejo que escapa al objetivo de este texto. Supongo que tiene que ver con tantos años de medidas económicas neoliberales que destruyeron la educación y la civilidad.

Dicho de otra manera: el país del MA es, ciertamente, el país que nos merecemos.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

La insoportable plaga de los autos


La Asociación de Fabricas de Automotores (ADEFA) anunció que hasta noviembre se produjeron más de 650 mil vehículos 0km, record en el sector. Según las terminales, para 2011 se espera fabricar entre 700 y 800 mil autos nuevos, y con suerte, en 2012 acaso se alcance el mágico número de un millón de unidades producidas.

Las concesionarias de autos usados también están de parabienes. Según cifras de la Cámara de Comercio Automotor (CCA), se vendieron casi 1,4 millones de vehículos hasta noviembre, otro record en la materia.

Autos y más autos.

Como consecuencia de este proceso, el parque automotor no cesa de crecer. Alrededor de 9 millones de vehículos (autos, camionetas, camiones y colectivos) circulan por el país.

Y entonces yo pregunto: ¿dónde se van a meter tantos autos?

La ley del embudo y la Pantera Rosa

Cada vez hay más y más autos, y mientras tanto, la infraestructura vial (esto es, calles, rutas y caminos) no parece acompañar proporcionalmente ese crecimiento. En otros términos: si cada vez hay más autos y los caminos por donde circulan esos autos son básicamente los mismos, no hace falta ser un genio para pronosticar más demoras en el tránsito, más embotellamientos, más colapsos.

Más accidentes.

Más muertes.

El proceso semeja a un gigantesco embudo: mayor concentración de coches en el mismo espacio = colapso inminente.

Hace poco, en China, un increíble embotellamiento en una ruta duró 11 días y provocó colas de hasta 100 kilómetros de extensión. Los automovilistas vivieron en carne propia el sinsabor de aquel cuento de Cortazar.

Pero no hace falta irse hasta China para prever el colapso que se nos viene. La ciudad de Buenos Aires nos brinda un testimonio de primera mano al respecto. Circular por las callecitas porteñas ya es un verdadero calvario cotidiano, y a todas luces se complica día a día.

De seguir así, la ciudad pronto será un organismo inviable cooptado por los autos.

La calle donde este escriba vive era -hasta no hace mucho-, una “calle tranquila” de un barrio tranquilo y periférico. Hoy es una pequeña avenida imposible de cruzar, atravesada de autos y colectivos que pasan a toda velocidad apenas uno pone un pie en el asfalto, como en aquel capítulo de la Pantera Rosa.

Autos y más autos.

Los autos nos dominan. Son los seres urbanos por excelencia. La ciudad se hace para los autos, no para las personas.

Y reitero: ¿dónde se van a meter tantos vehículos?

Tengo auto y la tengo más larga

Pocos objetos como el auto representan la irracionalidad del capitalismo como modo de producción. Un auto ocupa mucho espacio (en proporción a otros vehículos), contamina y es una de las mayores causas de muerte en todo el mundo.

En nuestro país, mueren 22 personas por día en accidentes de tránsito, y al año unas 120 mil sufren heridas, según cifras de Luchemos por la Vida.

Los autos matan mucho más que la inseguridad.

Pero el auto es el mayor signo de status de que disponemos en el mundo capitalista. En la Argentina, sin ir más lejos, tener auto equivale a ser alguien.

A ser un vivo.

A tenerla más larga.

De modo que, cuando apenas acumula un poco de pelusa en el bolsillo, lo primero que hace el argentino medio es comprarse su autito. De allí que no sorprendan las cifras de producción y venta de coches.

Conclusiones

Por un lado, crece la cantidad de autos. Por el otro, la infraestructura vial no alcanza a contener ese crecimiento. La ley del embudo nos llevará hacia cada vez más frecuentes colapsos de tránsito.

Es inevitable.

Los autos avanzan, nos dominan, se imponen.

Toman la ciudad por asalto.

Un día, nos levantaremos y constataremos que el Gobierno ha declarado como “plaga nacional” al automóvil.

Habrá marchas contra la plaga de los autos. “Haga Patria, mate un auto”, será una de las brutales consignas.

¿Es una locura?

Es una cuestión de tiempo, a menos que hagamos algo ahora.

Ya.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Los ricos son la causa de la pobreza


Lloverá para arriba.

El sol saldrá de noche.

Macri exige la redistribución de la riqueza.

Los patos les disparan a las escopetas.

Agrega el Jefe de Gobierno que los problemas de pobreza y vivienda en la Ciudad son consecuencia de la “inmigración descontrolada”.

Lo de siempre.

La culpa la tienen los otros.

Los pobres.

Los negros de mierda.

La pobreza la generan los pobres.

Hay que hacerles caer todo el peso de la ley.

“La ley fue hecha para ser aplicada contra aquellos a quienes su miseria les impide el respetarla”, dijera Bertolt Brecht.

No es muy difícil de entender.

Si un país puede abastecer a toda su población de un nivel de vida digno, ¿por qué hay muchos que no tienen nada?

La respuesta es simple: porque unos pocos se quedan con más de lo que les corresponde.

La torta alcanza para todos pero muchos no tienen su porción: es porque unos pícaros se quedan con todas las porciones, las más suculentas.

La pobreza no la generan los pobres, ni los inmigrantes ni los extranjeros.

La pobreza la generan los ricos, como Macri.


viernes, 19 de noviembre de 2010

Qué estamos comiendo


El cuerpo del ser humano se construyó durante los millones de años que duró la evolución de los homínidos. En ese largo lapso, nuestro sistema digestivo –como el de cualquier otro animal-, se adaptó para comer determinados alimentos que la naturaleza nos proveía. Así, desde nuestros primeros ancestros vegetarianos y frugívoros avanzamos hasta un cazador omnívoro capaz de comer carne y diversificar su alimentación.

Sin embargo, el surgimiento de la agricultura –hace unos 10 mil años-, alteró para siempre toda nuestra existencia, incluidas nuestras dietas: por primera vez, fuimos capaces de almacenar excedente de granos, y como consecuencia, abrimos las puertas a un incremento de la población y el consumo desconocido hasta entonces. La revolución industrial –de finales del siglo XVIII-, incrementó aún más este proceso, que llega hasta nuestros días a escala global.

La aceleración del consumo de alimentos y su necesidad de comercialización –en particular, desde mediados del siglo XX-, nos ha puesto en una situación más que curiosa: tenemos una enorme variedad cosas para comer, pero ¿qué calidad tiene lo que estamos comiendo?

El mercado mundial de alimentos se sostiene porque muchos de los productos que comemos tienen agregados químicos como conservantes, colorantes, espesantes, etc., necesarios para su venta. Pero estas sustancias, en muchos casos, no están en la naturaleza ni figuraban en la comida de nuestros ancestros.

En otros términos: la venta de alimentos respeta los patrones del sistema capitalista, pero ¿respeta los patrones de nuestro sistema digestivo?

¿Qué estamos comiendo?

La gran mayoría de los alimentos que consumimos no son “naturales” pese a las publicidades que se esfuerzan por convencernos de lo contrario. Aún los productos más sanos -como verduras, frutas o carne-, atraviesan un proceso “industrial” y sufren agregados de hormonas, herbicidas o fertilizantes.

Dicho de otro modo: lo único natural es la naturaleza. Todo lo que viene empaquetado, amigos, no es “natural”.

Y se da entonces la curiosa paradoja: mientras una parte de la Humanidad come mucho y mal, hay mil millones de hambrientos. La obesidad, la diabetes y otros trastornos vinculados a la mala alimentación florecen en todas las naciones, pese a los avances de la ciencia. ¿Por qué?

Los antropólogos creen que nuestros cuerpos no son muy distintos al del hombre del paleolítico. Pero nuestras comidas sí son muy diferentes. Nuestros hábitos alimentarios –de base industrial y capitalista-, evolucionaron demasiado rápido para nuestros pobres estómagos pre-neolíticos.

Somos cazadores que no comen como cazadores sino como Homero Simpson.

Las dietas modernas, ricas en hidratos de carbono y grasas por doquier, están transformando a la obesidad en una pandemia mundial que afecta cada vez a más gente. Casi podríamos afirmar que nuestros ancestros de la Edad de Piedra eran mucho más sanos que nosotros, sólo que ellos no tenían antibióticos, transfusiones o vacunas.

En nombre del progreso (o la renta) estamos arruinando nuestros cuerpos por vía de los alimentos.

Sin ir más lejos, en los últimos años, se desarrolló una nueva “revolución productiva”: la de los cultivos transgénicos. La combinación de semillas manipuladas y agroquímicos genera extraordinarios rindes, sin duda, pero ¿son sanos para nuestros cuerpos los alimentos que se producen de ese modo? Es más: ¿nuestros cuerpos son capaces de asimilar sin problema todas las cosas que se le agregan a lo que comemos?

Algunas pistas nos sugieren que no.

En los últimos diez años, por caso, se duplicaron las alergias alimentarias, producto –muy probablemente-, de los agregados químicos, como los conservantes. Hace sólo una década, las alergias de este tipo afectaban al 4% de la población mundial. Ahora, la cifra de personas con este problema trepa a 8%.

Reitero: ¿qué estamos comiendo?

Un estudio elaborado con 200 momias egipcias encontró que sólo una de esas personas momificadas en el pasado había muerto por un posible cáncer. Los científicos que realizaron el trabajo sugieren que esta enfermedad era rara en la antigüedad, y que sólo se disparó con la revolución industrial, como producto de la polución ambiental y las malas dietas.

Somos lo que comemos, dijo el griego Hipócrates, hace más de dos mil años. Me pregunto que pensará de nosotros, dos mil años después, si supiese que no paramos de comer basura.



jueves, 21 de octubre de 2010

El mensajero infiel (o El ocaso del periodismo)


Una vieja teoría sostiene que los periodistas somos una suerte de “mensajeros” que reciben una información y la reenvían a un receptor de un modo neutro y aséptico. Según esta idea, los periodistas transmitirían limpiamente “lo que sucede” para que el público “se informe”.

No faltan los comunicadores que aún hoy defienden esta ingenua tesis.

No obstante, a poco de echarle un vistazo profundo, comprobamos que no resiste el más mínimo juicio crítico.

Desde el momento en que un periodista selecciona qué noticia va a dar y cómo la va a presentar, deja de ser un simple mensajero. La propia visión del periodista “altera” la información, ajustándola a esa misma visión.

Si un mensajero reparte sus cartas, lo mínimo que podemos pedirle es que lo haga de modo honesto. Si un cartero decide abrir las cartas, alterar su contenido, o directamente no repartir las que no le gustan, ¿qué diríamos de ese “mensajero”?

Diríamos que no es honesto o que no está haciendo bien su trabajo.

Sin embargo, los periodistas -de un modo figurado, desde luego-, reescribimos esas cartas y alteramos su contenido. Las presentamos al público según nuestra visión o nuestro interés. De algún modo, nos parecemos más a ese cartero infiel que a un mensajero aséptico.

¿Y qué tiene de malo respetar lo que pensamos para hacer las noticias?

Pues nada.

Pero una cosa es presentar “lo que ocurre” de un modo honesto y acorde nuestra cosmovisión, y otra muy distinta es hacer que pase lo que me conviene que debe pasar.

Son dos cosas muy distintas.

Lo primero está aún dentro del periodismo, ese género literario en vías de extinción.

Lo segundo es otra cosa, que quizá aún no tiene nombre.

jueves, 14 de octubre de 2010

Arístides vuelve de su ostracismo


Comparto tu indignación”, me dice un amigo anónimo que dejó un comentario en el blog.

Bastó esa frase, bastó que una sola persona en el universo compartiera mi indignación para plantearme el regreso a este lugar.

“Ey, ¿por qué me tengo que ir yo de la web, si yo soy el honesto aquí?”, me pregunté.

Si todas las personas deshonestas de este país se fueran un día de pronto, apenas quedaríamos en cantidad suficiente como para armar un picadito.

Con suerte.

Así es que, acá estoy, de nuevo en mi pequeña trinchera.

No se van a librar de mí tan fácilmente.